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quelo escribió "
Sentado apaciblemente en una silla blanca de plástico pasaba las tardes mirando hacia la vereda de enfrente y notando cada movimiento que había en su cuadra. Hubiera frío, calor, nubes, o viento, lo encontraba en el mismo lugar todos los días. Yo lo veía ahí diariamente cuando de tarde pasaba de ida y volvía de vuelta con mi hijo después de pasada otra jornada en el maternal. Fueron unos meses en los cuales tan solo seguía de largo apenas notando su presencia, el sentado detrás del murito blanco que protegía su humilde casa de los extraños tan solo me observaba.
Su barba blanca acompañaba a su cabellera albina haciendo que su rostro un tanto colorado y surcado por gruesas arrugas luciera aún más llamativo. Sus ojos siempre entreabiertos apenas si dejaban adivinar el color que escondían, y su mano apoyada asiduamente en su pera parecía sostener algo más que pasados recuerdos. Un día cualquiera decidí saludarlo más que no fuera solamente con un “hola” escueto y reseco. Sin mostrar sorpresa alguna permaneció su rostro impávido mientras su boca apenas movía sus labios para contestar a mi saludo. Fueron tantos los días que nos veíamos .. yo pasando y el pensando que no pude evitar aunque fuera pocas, dirigirle unas pocas palabras a ese hombre solitario que parecía no querer mucho más, poseyendo mucho menos. Hace casi un mes por primera vez lo vi caminar lentamente hacia la esquina más lejana de su cuadra, ahí permaneció parado unos minutos mirando hacia la lejana avenida dos o tres cuadras más allá de su habitual territorio. De repente ya estaba de vuelta arrastrando sus cansadas piernas hacia su refugio habitual, miraba el suelo por momentos y en otros ojeaba su alrededor interesándose por todo lo que demostrará poseer vida. No tenía mascota alguna que yo supiese, ya que su pequeña casa poseía un patio a su costado que solamente tenía trastos viejos de metal oxidado y plásticos mugrientos. Alguna que otra vez cuando veía su silla esperándolo, miraba al interior de su vivienda a través de la blanca puerta que abierta de par en par intentaba tentar a alguien a que le hiciera compañía a su vetusto dueño. Alguna silla igual a la suya con ropa sobre ella pude divisar apoyada en una pared que parecía cortarse al comienzo de una puerta, que seguramente era la entrada a otra habitación. Jamás lo vi tomar mate o comer bizcochos, solo era el en silencio, cavilando quizás sobre lo pasado y lo futuro. Por ahí algún que otro día también lo observe desde la distancia a dos cuadras de su casa, llegaba hasta ahí levantaba la vista como reconociendo cambios en las casas y recordando rostros en las penumbras. La curiosidad pronto logró que empezara a preguntarme si tenía algún familiar, si alguna vez había conocido el amor, si esa sería su última morada, ¿con que dinero sobrevivía?, ¿que ilusiones tendría? El solamente me saludaba con un “hola” aunque más de una vez se atrevió a decirme “como anda vecino?” Hasta el día de hoy me sigo preguntando si ese saludo no estaba disfrazado de invitación a intercambiar algo más que simples frases. Hasta después de las siete en invierno u otoño, y hasta entrada la noche en verano y primavera no veía el barrio su puerta cerrada. De ahí en más, nadie volvía a verlo hasta que el sol no volviera a mostrarnos nuevamente lo que es este mundo y lo que somos nosotros. Nunca escuche música y ni siquiera alguna luz artificial vi jamás que pudiera identificar como de un aparato de televisión. Para el no parecía que hubieran días de semana y días de fin de semana, todos los días eran los mismos sin obligaciones que cumplir y sin compromisos que atender. Quizás la única que el tenía era la de seguir viviendo. Era un hombre solo y silencioso que solamente continuaba respirando porque era lo que le habían ordenado desde que había nacido Ni una botella a medio terminar de algún vino barato, o algún pucho armado con tabaco de dudosa calidad le vi jamás. Casi siempre a las personas solitarias se las asocia al alcohol o a algún otro vicio, debe ser porque los que juzgamos ya sabemos que la soledad es algo insoportable de sentir. Pero para el era como un vicio que disfrutaba sin apuro, casi con algo de gozo. Sus pantalones azules y su gorra de lana también azul lo hacían inconfundible cada vez que salía a recorrer su corto paseo. Sus pasos eran cortos pero firme su andar. Un día le contesté con algo más que el simple “como anda”, le agregué el “todo bien?”. “Y aca andamos con un poco de frío” me dijo mientras intentaba que mi hijo lo saludara reflejando la sonrisa que el le ofrecía. El invierno lo impulsaba a encerrarse más temprano que lo habitual, y cuando la puerta ya no nos dejaba observar el interior de la casa ni la catástrofe más grande podría lograr que ella volviera a abrirse. Los trastos y las chapas eran sus amigos más cercanos a pesar de permanecer siempre afuera y tener que soportar las inclemencias del tiempo. Nadie en el barrio osaba tocarlos a pesar de estar al alcance de todos, había un respeto impreso en el aire y obedecido por todos. Las dos pequeñas ventanas de su frente siempre estaban ocultas detrás de las persianas blancas de plástico que aparentaban no haberse movido desde hacía años. Unos tiznones de amarillenta dejadez las recorrían verticalmente y a pesar de ser iguales, una siempre estaba más abajo que la otra. Pero al viejo no parecía importarle, me empecé a preguntar si realmente habría algo todavía en esta vida que le importara. Alguna razón para continuar viviendo tendría que tener. En verano podía vérsele hasta las altas horas de la noche sentado,impávido mientras a su alrededor algunas de las prostitutas de la casona de al lado fumaban tranquilamente iluminadas por la tenue luz amarillenta de viejos focos ciudadanos. En el invierno tan solo una pobre luz gastada podía verse a través de una ventana pequeña que estaba ubicada en el costado de la casa, a través de las persianas la luz era todavía más tenue. Ni un ruido, ni un movimiento… nada ….. Había que esperar a que la escarcha volviera a su forma primigenia, y que la niebla matinal fuera disuelta por los rayos del sol para volver a verle. Pero llegó el día en el cual no lo vi, ni ese día, ni el día después. Pasó una semana, dos, la puerta permanecía cerrada. Los trastos seguían ahí pero el viento invernal ya había derribado a dos o tres que danzaban al son de su silbar. La oscuridad tapaba a la solitaria casa por las noches y por el día ya ni el sol lograba que sus paredes blancas llamarán la atención de los transeúntes. Le pregunté a una de las prostitutas un día de esos en las que ellas fumaban en la vereda, y me dijeron que ni siquiera sabían su nombre, menos aún si tenía parientes o alguien que fuera a recordarlo. Por lo menos estoy yo para recordar su estampa y sus miradas, pero seguramente que el partió sin saberlo nunca. "
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Enviado por Redactor el Viernes, 20 agosto a las 07:51:49
(34 Lecturas)
(Leer más... | Puntuación 4)
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Visitante escribió "
LAS VIUDAS Se reencontraron después de casi cuarenta años sin verse. Habían sido íntimas amigas, inseparables en el secundario, de compartir hasta sus ropas, de dormir en el mismo cuarto, de contarse absolutamente todo. Cuando se recibieron, misteriosamente dejaron de verse, se casaron, y sus vidas corrieron por distintos andariveles. Ahora estaban, por casualidad, una enfrente de la otra en la puerta del gimnasio. Tenían mucho para conversar, y un sinnúmero de cosas en común: eran viudas y abuelas a la vez. Se fueron a tomar el té, a la confitería más cercana, como en los viejos tiempos. Se dijeron mutuamente, que estaban espléndidas. Hablaron, por supuesto, con orgullo, de sus difuntos maridos. Una decía que lo seguía viendo por las noches, que lo sentía cerca, que hasta hablaba con él. “Siempre fuiste creyente” le contestó la otra. ” Yo, sin embargo no te niego que lo extraño, pero acepté los hechos como se fueron dando y ahora disfruto de las cosas que me dejó, a mi hija y a mis dos hermosos nietos. Para mi fue todo más difícil, no tuve la suerte que tuviste vos. Mi marido viajaba mucho y era un poco egoísta”. ” Siempre fuiste escéptica” le dijo la otra sonriendo. Prometieron volverse a ver y seguir platicando como cuando eran adolescentes. No fue posible, porque supieron mas adelante, que hablaban del mismo hombre. "
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Enviado por Redactor el Viernes, 20 agosto a las 00:00:00
(25 Lecturas)
(Leer más... | Puntuación 5)
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Narrativa: Riachuelo y el Dante
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Jorgecastex escribió "Estaba terminando el verano. Era uno de esos domingos en que “no vuela una mosca”. De repente, ¡bum!, ¡! Bum!, ¡BUM! Cada vez más fuerte. Riachuelo, ese tranquilo paraíso, se sobresaltó, no eran las explosiones que nos sobresaltan a diario, no era la cantera. Eran tiros y muy cerca de las casas. Tiros y más tiros. Los perros ladraban, las gallinas saltaban. Los hombres salían a la calle. -¿Qué pasa?- -No se,… parecen tiros.- -Pero loco, tantos tiros, ¿qué pasó?, ¿volvieron los milicos? Se acabó la paz de la siesta de verano.
En un campo vecino comenzaba una matanza. Bajo la excusa de un girasol caído y cubriéndose con el control de plagas, se organizaron las excursiones diabólicas. Cientos de palomas asesinadas por la codicia de unos y la sed de sangre de otros. Europeos, americanos y traficantes de turismo inmoral, compraron conciencias y complicidades. Mataron, mataron y mataron. Sus escopetas se recalentaban y debían cambiarlas.
Eso sí que no era caza. No era el botija con la gomera, ni el paisano con el talero. No era para el guiso ni para el escabeche. Era una locura. La sangre, las plumas y esos cuerpitos destrozados cubrían ese campo de flores que honradamente habían buscado el Sol, … que ironía. Esto se había convertido en un infierno. “Abandonad toda esperanza, ustedes que han entrado”, escribió el Dante.
Sin embargo, Riachuelo reaccionó. El artista, el artesano, el loco y el borracho. El herrero, el panadero y el carpintero. Las mujeres discutían con sus hombres y sus niños. Fue algo FANTASTICO!!!!!!!!!! David preparaba su gomera. La movilización fue inmediata, el tallador volvió a ser Doctor e hizo la denuncia. Luego una queja. Una conversa y otra más. Que el girasol, que las palomas son la plaga, que la plata pa los niños. Otra denuncia y otra más, pues no hay peor sordo que el que no quiere oír. La lucha fue intensa, el poder de los poderosos ganaba las apuestas. Goliat gritaba fuerte y seguía tirando. BUM, BUM, BUM. La Madre seguía llorando. David no bajo los brazos y finalmente el gigante cayó al suelo. Después de varias semanas. Luego de miles de muertes. La masacre se detuvo.
Riachuelo no festejó. -“¿Vieron que se puede?”, -dijeron las mujeres. Con la humildad del guerrero victorioso, el herrero volvió a su fragua, el panadero a su harina, el carpintero a su lija, el borracho a su botella y Gepetto a sus Pinochos.
La Paloma Blanca se había salvado. Mientras ella o sus crías siguieran volando, había esperanza. Había esperanza que Uruguay, siguiera siendo NATURAL.
Gracias David, GRACIAS RIACHUELO.
En honor a los Amigos que no conozco. Aquellos que aun en el infierno no pierden la esperanza.
Jorge Castex "Cuentos de Colonia, Buenos Aires y otras yerbas...""
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Enviado por Redactor el Lunes, 19 julio a las 18:22:19
(61 Lecturas)
(Leer más... | Puntuación 0)
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Narrativa: 84 cuentos cortos y ultracortos
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Aljamod escribió "Al vacío
Ha sido esta una larga y pesada carga que he debido soportar sobre mis hombros. Un camino largo y tortuoso que comenzó siendo casi un juego, pero que al cabo de los años se reveló como lo que en realidad es. Admito que no todo ha sido pena y zozobra. Puedo incluso llegar a reconocer la existencia de momentos de cierta satisfacción y hasta algunos instantes de plena dicha, pero han sido tan aislados como solitario resultó ser el recorrido hasta aquí. Parado al borde del acantilado, con la mirada absorta en la contemplación del oscuro grupo de rocas que el tiempo, el viento y las olas habían tallado cuidadosamente hasta convertirlas en una atroz garganta que en breve lo libraría de la larga y pesada carga que hubo de soportar sobre sus hombros durante tanto tiempo, el hombre se permitió una fugaz sonrisa. Al cabo de un instante que pareció eterno, lanzó al vacío la pesada carga y regresó hacia donde había dejado el auto.-
Cansado del silencio
Cansado de tanto silencio intolerablemente abrumador, de no hacer más que duplicar aburridas imágenes insonorizadas, el espejo dio un salto y se salió del marco. Rompióse contra el piso en agudo estallido, y los mil y un pedacitos brillaron de felicidad al de oír el sonido.-
Como ver el mar
Una vez que se ha visto el mar, se ha visto la totalidad de los mares del mundo. Desde luego, cambian algunos colores, la trayectoria del sol en el cielo, la intensidad del viento, el tamaño del oleaje, el punto de observación, los alrededores del punto de observación, las personas en los alrededores del punto de observación y otro sin fin de detalles. Pero una vez que se ha visto el mar, se han visto todos los mares del mundo. Yo he visto sus ojos. Y ha sido como ver el mar, con su inmensidad y sus misterios.-
El acusado
Me acusan de ser un asesino. Dicen que tengo las manos manchadas de sangre. Pero eso no es verdad. Nunca he matado a nadie. Mis manos están limpias e inmaculadas, y no salpicadas de sangre como muchos creen. Juro ante el Altísimo que siempre he sido un ciudadano respetuoso de la Ley, y con un profundo apego a la moral y las buenas costumbres. Está la historia plagada de casos como el mío. Personas que en distintas épocas han sido acusadas de actos que no cometieron. Acusaciones, que para desgracia de muchos, derivaron en la ejecución de los imputados. Más allá de que en un gran número de casos se dicte el sobreseimiento del acusado, siempre queda una mancha que a los ojos de la gente, nunca logra borrarse. Una vez que se ha sido señalado por el dedo índice de la sociedad, no hay medio alguno que logre disuadir al acusador de tal creencia, por errónea que esta sea. Sí, me acusan de ser un asesino. Pero eso no ha podido ser comprobado, y no me parece justo que alguien afirme tal cosa y quede impune ante tamaña calumnia. Nadie me acusará de forma tan vil sin tomar el riesgo de encontrar en su camino, una bala que le perfore la cabeza.-
El Amor en dos partes
"Al principio existió el Caos; después la Tierra de amplio seno, base eterna e inquebrantable de todas las cosas, y luego el Amor"
Hesíodo
"El Amor es el primer Dios que Él concibió"
Parménides
Prólogo
Según Aristófanes la naturaleza humana era antes muy diferente de como es hoy día. Existían tres clases de hombres: mujeres, hombres y un tercero compuesto de estos dos y que fue destruido. Esos animales, que reunían el sexo masculino y el femenino en un sólo ser, tuvieron la osadía de combatir contra los dioses. Derrotados, fueron castigados por el mismísimo Júpiter, quien los separó en dos. Por ese motivo muchos de nosotros no somos más que una de dos mitades que alguna vez fueron Uno.
Parte primera (El más antiguo de los dioses)
Aunque hasta el momento su vida no es lo que él sueña, porque las cosas no se han dado de la forma en que siempre esperó, igualmente aun conserva la esperanza de que todo sea mejor. Su esperanza se ha mantenido inalterable con el transcurso del tiempo y de forma inversamente proporcional a su estado de ánimo, que fluctúa constantemente. Sabe que su existencia es un obsequio que no debería desperdiciar, pero en esos días de ausencia de sentido en los cuales se pregunta si vale la pena tanto esfuerzo, se anima pensando que la esperanza es lo último que se pierde. Por otro lado, sabe también, que esa esperanza podría ser una ilusión, una forma no siempre eficaz de negar su presente que le hace demorarse en irreales sueños de plenitud y felicidad... Sé que la probabilidad de encontrar mi otra mitad es ínfima, quizá consecuencia de mis actos y omisiones. De mil mujeres solamente con una podría unirme y alcanzar, juntos, la Perfección. Amar a todas y cada una de ese número exagerado pero no imposible, se me ocurre es un ímproba tarea para mi escasa voluntad y pobre perseverancia. Aunque muy placentera, al embarcarme en tal tarea correría el riesgo de confundir mis sentidos tal cual los confunde quien prueba la esencia de varios perfumes distintos y luego no sabe, ya no sólo cual es el indicado, sino cual es cual. Creo que preferiría terminar mis días en forma solitaria antes que compartirlos con alguien con el único propósito de evitar la soledad. Así que aun aceptando ese destino como probable, guardo la remota esperanza de que un día, el más antiguo de los dioses, pose sus ojos en mí.-
Parte segunda (Las dos mitades de naranja)
He estado buscando a mi media naranja desde hace mucho tiempo, casi desde que tengo uso de razón - dijo una mitad de naranja a otra -. Lo mismo estoy haciendo yo - respondió la otra mitad -, pero últimamente he perdido la esperanza de encontrarla y me estoy cansando de esperar. Pues tu búsqueda ha finalizado - aseguró la primera -. Yo soy esa mitad que buscas. Dicho esto, la primera mitad se acercó a la segunda, y comprobando que coincidían exactamente una con otra, ambas se convirtieron en una. Feliz y consciente de que ese mágico encuentro está solamente reservado a unos pocos elegidos, la naranja se arrodilló y agradeció al cielo la bendición recibida. Allá arriba, el hecho no había pasado desapercibido a los ojos del dios Amor, el cual aseguran algunos, es el más antiguo y poderoso de todos los dioses. El Dios alargó entonces el brazo, tomó el recién formado fruto y luego de partirlo en dos, lo exprimió y bebió el puro y fresco jugo de esa unión. Néctar que, aseguran algunos, está reservado a unos pocos elegidos.-
El apretón de manos
Estaba en serios problemas económicos. Una larga serie de hechos desafortunados sumados a los intensos vaivenes que se producían en la economía del país, causados por una creciente inestabilidad en el sistema financiero regional producida por la avidez de las grandes empresas multinacionales, cuyos estudiados movimientos de ajedrez hacían temblar las estructuras de muchos gobiernos en el mundo entero, algunos de los cuales, en ocasiones, terminaban desmoronándose sin más, colocaron a mi empresa, y con ella a sus trescientos empleados, las familias de éstos y a mi propia familia, al borde de la quiebra. No tuve entonces otra opción que acudir a una institución financiera a fin de solicitar un empréstito que trajera consigo una refrescante brisa con la cual aliviar la temperatura de los estados de situación patrimonial, cuyos números estaban en rojo. El gerente de la Institución me recibió en su oficina con una gran y brillante sonrisa que iluminaba todo el recinto, estrechándome largamente la mano. Y al cabo de unos instantes no supe definir claramente donde finalizaba mi brazo ni donde se encontraba la mano de él.-
El café de las seis
El café de las seis me lo tomé a los diez. Después ya no tuve oportunidad de contarte nada, o tal vez, simplemente no supe como hacerlo. De cualquier modo una vez más no estabas cuando regresé a casa, y así se me pasó otro día. A los seis años de edad el niño ya tiene presente su destino en la vida, aunque pasa el tiempo y a los diez no recuerda absolutamente nada. A los seis años puede mirar en los ojos de las personas y leer los sentimientos que se esconden en lo más profundo de sus corazones, pero con el correr del tiempo pierde ese don, y a los diez no recuerda absolutamente nada. Pasé toda mi existencia buscándole el sentido a la vida. Hice, deshice y volví a hacer, afirmé, negué y volví a afirmar, avancé, retrocedí y volví a avanzar, dije, desdije y volví a decir, creí, descreí y volví a creer, amé, desamé y volví a amar. Y es recién en estos momentos, al acabo de posar un pie en el oscuro borde de mi sepultura cuando vengo a encontrar el sentido de la vida. Aunque muchos y cambiantes fueron los motivos que me movieron, recién ahora comprendo que todos esos motivos terminan transformándose en uno solo. Pero ahora es demasiado tarde para hacer algo al respecto, salvo decirle a quien se encuentre a la búsqueda de un sentido en su vida que debería prestar un poco más de atención a los ojos de los niños, pues solo ellos conocen el motivo, y a los diez se les olvida.
Cuando regresé a mi taza de café me sorprendí al ver que aun estaba llena. Aunque el humo continuaba saliendo, apenas darle un sorbo me di cuenta que se había enfriado. Entonces lo tiré en el fregadero para que siguiera el camino que lo llevaría junto a las demás aguas del mundo. Y ese café un día volverá a hacerse café, una y otra vez, hasta que alguien decida beberlo...
El niño levanta la taza y bebe lentamente. Mientras por su mente pasa brevemente el lejano sonido de la voz que ya no tendrá posibilidad de volver a oír, mira hacia fuera a través de la ventana. Y vuelve a pensar en lo que ahora realmente importa: sus amigos le esperan para seguir jugando a la pelota.-
El Camino hacia los Sueños Olvidados
Hurgué en el hondo baúl. Inhalé todo el aire que le fue posible almacenar a mis pulmones y me sumergí por unos instantes en el baúl de mi memoria. Debo decir que me fue imposible llegar hasta su fondo, y que de los treinta y tres niveles de profundidad, sólo pude descender unos veintisiete, tal vez veintiocho. En el descenso encontré muchas palabras. Unas, las impronunciables, que por mi propia torpeza nunca pude llegar a decir, habitan en la memoria del silencio. Otras, las pronunciadas, algunas de las cuales una vez lastimaron mi corazón, habitan en la memoria del dolor. Aunque la gran mayoría de ellas ya no duelen. Encontré abrazos, caricias y besos que una vez me hicieron sentir dichoso. Si bien creí que encontraría algunos en la memoria del dolor, pude comprobar que todos habitan en la memoria feliz. Aunque buena parte de ellos ya no brindan felicidad. Encontré sonrisas que fueron enteramente dedicadas al cielo. Esas habitan en la memoria del tiempo, que, curiosamente, siempre creí era inmemorial. A algunas de las palabras y sucesos que aun continuaban doliendo pero que ya no tenían ninguna utilidad, aproveché para darles un empujoncito y enviarlas al fondo de la memoria del olvido. Aunque en esta no se puede confiar del todo. De tanto en tanto se olvida que es la memoria del olvido, y trae a la luz cosas que sería mejor mantener olvidadas. Pero cual no sería mi sorpresa al encontrar en un oscuro rincón del baúl, una polvorienta carpeta en cuya tapa rezaba la siguiente inscripción: el Camino hacia los Sueños Olvidados. Tocado por la curiosidad resolví hurgar en esa carpeta, para lo cual tuve que leer las instrucciones escritas en la tapa de la carpeta, y que a continuación paso a detallar:
Sin prestar atención a nada de lo que te rodea observa el atardecer, sumérgete en él. Podrás descubrir el lugar en donde se ocultaron aquellos sueños que una vez soñaste pero que fueron quedando a un lado con el transcurrir de los años. Sé que piensas que es un lugar lejano y difícil de alcanzar, pero verás que no es imposible acceder a él. Mira una vez más hacia el poniente. Deberás encontrar las razones que te impidieron alcanzar todo lo que alguna vez anhelaste. Probablemente hayan sido obstáculos de diversos orígenes, pero si lo vuelves a considerar, puede que ya no los encuentres insalvables. Claro que, si bien el sol se oculta todos los días, la puerta que da al Camino hacia los Sueños Olvidados permanece abierta durante escasos instantes, por lo cual tendrás que encontrar el momento justo. Pero una vez logrado esto, encontrarás el exacto lugar en la memoria en el cual quedó olvidado aquel sueño que soñaste una tarde de noviembre, mientras veías deslumbrado la puesta de sol.-
El derrotero de Victoria
Haciendo oídos sordos a la estruendosa algarabía con que las miles de personas festejaban la victoria de su equipo en la final, y no pudiendo evitar el recuerdo de que alguna vez también él supo exteriorizar su felicidad por esas batallas que se ganan en la vida pero que nos son más que pompas de jabón, masculló entre dientes que la derrota enseña, endurece el carácter, mantiene alerta los sentidos y aumenta la sed de victoria. Haciendo luego sus recuerdos y pensamientos a un lado, se dispuso una vez más a hurgar en el tacho de la basura.-
El escritor comprometido
Cierto es que en los primeros tiempos supe ganarme el respeto de crítica y público en general. Mis libros se vendían en apreciable cantidad, lo cual me permitió renunciar a mi trabajo y dedicar todo mi tiempo a la escritura, la cual pude notar, en determinado momento comenzó a volverse predecible. Cada historia que escribía resultaba ser un calco exacto de la anterior. Si bien los relatos nada tenían que ver unos con otros, comúnmente finalizaban éstos con el protagonista muerto, encarcelado, internado en un hospital psiquiátrico, o con cualquier otro final por el estilo. Pero era la estructura del relato la que lo hacía fácilmente predecible. Luego de leído el comienzo y la parte central de la historia, el desenlace era perfectamente deducible, por lo cual el placer que en los primeros tiempos me provocaba escribirlos, fue transformándose primero en una aburrida costumbre, para posteriormente volverse un tedio absoluto e intolerable. Así fue que decidí realizar un cambio radical. Comencé a escribir historias que tuvieran un final feliz, con sus protagonistas contentos y exitosos. Incluso llegué a subirme a uno de los vagones de cola de un tren de moda que pasaba, y escribí historias de hadas, duendes, magos, príncipes y hermosas doncellas. Hube de hacer un enorme esfuerzo, debí buscar material y leer muchísimo para obtener el conocimiento necesario y poder escribir sobre esa amplia gama de seres fantásticos. Pero cuando logré reunir la cantidad suficiente para la publicación de un nuevo libro, me sentí dichoso. No ocurrió lo mismo con la crítica. Dijeron que preferían aquellas historias que relataban sucesos más reales y cuyos finales eran más creíbles, puesto que mayormente reflejaban la realidad de la vida. Creo que un poco al influjo de la crítica el público tuvo idéntica opinión. Las ventas cayeron tan estrepitosamente que el libro fue considerado un rotundo fracaso. Así es que decidí volver a lo mío. He escrito en mi último libro el tipo de historias que tanto habían gustado a crítica y público. Las ventas han vuelto a la normalidad y hasta es posible que logre superar mi propio récord de ventas. Ahora estoy enfrascado en el que será mi nuevo título. Y es precisamente éste que estoy escribiendo en este momento, el relato que cerrará mi nuevo libro. Se ajustará perfectamente a lo que críticos y lectores quieren de mí, y será, sin duda alguna, un suceso en ventas. Y creo que a nadie extrañará el hecho de que tengo un treinta y ocho apoyado en mi cabeza, y estoy a punto de apretar el gatillo.-
El fiel recuerdo
He tenido la fortuna de viajar por el mundo entero, lo cual me ha sido más que suficiente para sentirme bastante cercano a eso que algunos denominan felicidad. Siendo un joven de poco más de veinte años, y habiéndome quedado solo en el mundo a causa de un accidente que me privó de mis progenitores, luego de unos meses durante los cuales no hice más que encerrarme en una habitación negándome a recibir visita alguna, tomé la determinación de dedicarme a viajar por el mundo. Mis padres eran poseedores de una considerable fortuna - la mayor parte de ella heredada de mis abuelos maternos - la cual estaba conformada, además de una abultada cuenta corriente en el Banco Nacional, por varias propiedades en la ciudad, unos cuantos cientos de hectáreas de campo con varios miles de cabezas de ganado vacuno, un matadero de reses en las afueras de la capital y otros pequeños negocios que fueron adquiriendo, más a modo de pasatiempo que por necesidad. A decir verdad, durante algún tiempo consideré seriamente la idea de hacerme cargo de todos los negocios que me legaron, pero afortunadamente, prevaleció la razón. Hacer de mi vida una continuación de la que llevaron mis padres no era algo que me sedujera en lo más mínimo. A pesar de su elevada posición social y económica, mis padres no eran más que esclavos de sus propiedades, a la cuales les dedicaban una exagerada cantidad de horas cada día de la semana, tarea que por supuesto, iba en detrimento de mis propias necesidades, de, para colmo, hijo único. Debo reconocer sin embargo, que aun no habiéndome dedicado más horas de su tiempo, lo cual creía - y hasta el día de hoy creo - me correspondían, sí se preocuparon grandemente por mi educación, por lo cual fui enviado al mejor instituto de enseñanza del país. También consideraron necesario que cursara estudios de idiomas, cosa que hice, debo admitir que con agrado, pues fue algo que desde muy pequeño llamó mi atención. A pesar de que mi padre insistía en que lo más conveniente para mi futuro era que realizara mis estudios en el campo de las ciencias, y preferentemente en el área de las matemáticas, pues según él todos los hechos de nuestras vidas estaban signados por los números, primó el deseo de mi madre, quien siempre me animó a dirigir mis pasos a través de las letras y el arte, cosa que con placer hice. Habiendo transcurrido mi niñez y mi adolescencia rodeado de toda clase de lujos, los que más disfrutaba eran sin embargo la enorme biblioteca de más de dos mil volúmenes que mi madre había heredado de su padre, y que ella se había encargado convenientemente de ampliar y actualizar, y las réplicas de conocidas obras de arte que le daban vida a la casa en que vivía. Había treinta y tres cuadros cuidadosamente distribuidos, principalmente en la biblioteca, la sala de estar y el recibidor. Recuerdo los domingos por la mañana, único día de la semana en me encontraba libre de mis deberes y obligaciones de estudiante, en los cuales me dedicaba a contemplar largamente mis pinturas preferidas. Es desde entonces que arrastro conmigo la manía de alinear correctamente cada cuadro que veo levemente inclinado hacia uno u otro lado. Una calurosa mañana de fines de agosto, un jueves, lo recuerdo perfectamente, tomé la decisión de vender todas las propiedades que había heredado y largarme a recorrer el mundo. De esa forma podría, entre otras cosas, visitar todos los museos que me fuera posible y conocer los originales de las reproducciones que tanto deleite me habían provocado. Apenas iniciado mi largo periplo, el que me llevó a recorrer durante casi veinte años, buena parte de los países del mundo entero, comprendí la importancia de haberle puesto tanta dedicación al estudio de idiomas como el francés y el inglés. Solo tuve ocasionales inconvenientes en algunos países del sureste asiático, más que nada por la hostilidad con que miraban, muchas veces creo que con razón, a cualquier persona que hablara la lengua de Shakespeare. Claro que tantos años sin más ocupación que el completo disfrute de los cinco sentidos me dejó mucho tiempo disponible, el cual empleé, entre otras cosas, al estudio de idiomas como el ruso, el italiano y el árabe. Durante todo ese tiempo tuve la felicidad de contemplar y fotografiar cientos de paisajes, personas y obras arquitectónicas en cada país. Miles de esculturas, grabados, dibujos y pinturas en museos tales como el Louvre y el Orsay de París, el de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y el del Prado en Madrid, el Museo Británico en Londres, el de Arte Moderno en Nueva York, el Museo Nacional en El Cairo, el de Mosul en la ciudad del mismo nombre, y el Museo Iraquí de Historia Natural en Bagdad, fueron contemplados con admiración por mis ojos, que no se cansaban nunca de ver tantas maravillas. Mis continuos viajes por el mundo, realizados sin planificación alguna, sin programas o itinerarios, solamente impulsado por el espontáneo deseo de trasladarme de una punta del planeta a otra, me fueron llevando paulatinamente a prescindir de todo tipo de horarios. No tenía una hora fija para comer o dormir, y menos aun cuando se trataba de viajar. Al quinto año de trasladarme de un sitio a otro, y por la circunstancia de tener aversión a los hoteles, no importaba que tuvieran estos todas las estrellas de la mismísima Vía Láctea, tomé la decisión de alquilar apartamentos en ciudades ubicadas estratégicamente para mis desplazamientos. Cuando llegó el momento de elegir los inmuebles a rentar, no me importó que fueran lujosos; bastaba con que tuvieran las comodidades básicas. Eso sí, era requisito indispensable que estuvieran emplazados en sitios que me permitieran un fácil acceso al aeropuerto más cercano. Es que cuando se apoderaba de mí, la casi enfermiza desesperación de partir hacia un nuevo destino, lo mejor era tener el avión a pocos minutos de la cama. Las ciudades que elegí para rentar mis refugios fueron París, Florencia, Kazán, Tokio, Nueva York y Río de Janeiro. Viajar tan seguido de una parte a otra me obligaba a no llevar conmigo demasiadas cosas. Creo que lo único que nunca me abandonó fue mi manía de ir por el mundo alineando cada cuadro que veía con una leve inclinación hacia uno u otro lado, costumbre que por cierto, en una ocasión me condujo a estar a punto de ir a parar a prisión, cuando llevado al extremo por ese molesta manía, no tuve mejor idea que intentar nivelar un cuadro que me pareció tenía una leve inclinación hacia la izquierda. Pero claro, esa pintura no estaba en el vestíbulo de un hotel, sino en el mismísimo Louvre, maniobra con la cual, no hice más que disparar el sofisticado sistema de alarmas que posee el museo. Varias horas invertí en explicar y convencer a la policía francesa de que todo no era más que una manía. De todos modos, la resolución que adoptaron no fue muy gratificante para mí. No solo me vi obligado a pagar una multa de cinco mil francos, sino lo que fue peor, me prohibieron el acceso a todos los museos de París por un año. A pesar de no estar más de una semana seguida en las ciudades que visitaba, sí permanecía por mucho más tiempo en mis tres predilectas: Río, Kazán y Florencia, aunque lo motivos eran bien distintos. A Río viajaba todos los años para pasar el verano. A mediados de enero me instalaba en un apartamento frente a la playa de Ipanema en donde permanecía hasta principios del mes de marzo. Los motivos de esta elección a nadie parecerán extraños. El clima, las playas, el carnaval y las mujeres cariocas, son de fama en el mundo entero. A esto se le sumaba mi afición por la música brasileña en general, siendo un admirador de gente como Caetano Veloso, Gilberto Gil, Chico Buarque, María Bethania y Gal Costa entre otros. Eso en lo que refiere a los motivos por los cuales había elegido la ciudad de Río. Otra de las ciudades elegidas se encuentra en el centro de la Rusia europea, y los motivos por los cuales fue elegida, son bien distintos a los de la anterior. En la universidad de la capital de la República de Tatarstán, la ciudad de Kazán, situada unos setecientos treinta kilómetros al este de Moscú, en el año 1844, siendo aún un adolescente, iniciaba sus estudios Liev Nikoláievich Tolstói, más conocido como León Tolstoi. Mi madre, cuyo nombre era Ana Karina, fue una gran admiradora de Tolstoi, de quien poseía todos sus libros. Entre ellos, sus preferidos eran “Confesión” y “Ana Karenina”, aunque principalmente este último. Mamá decía que además de agradarle como escritor tenía la vida de Tolstoi algunos puntos de contacto con la suya. - Sé que pueden parecer puras tonterías - decía - pero para empezar, nacimos en la misma fecha, 9 de setiembre; él en 1828 y yo cien años más tarde. Tanto mis padres como los de él eran poseedores de grandes extensiones de tierra, y ambos quedamos huérfanos a la edad de nueve años. Eso sin contar con que me siento bastante identificada con la protagonista de esa novela; además, como te darás cuenta, mi nombre es bastante parecido al suyo, agregaba con esa sonrisa cómplice que sólo puede existir entre una madre y su único hijo de no más de diez años. Sé que puede resultar curioso, pero es ese uno de los pocos recuerdos que guardo de mis conversaciones con mamá, las que por cierto no eran muy asiduas que digamos. En mi primera visita a Kazán, creo que allá por el año 1990, al pararme a observar el escaparate de una librería divisé el volumen de “Ana Karénina”, el cual adquirí inmediatamente. Aún cuando se me hizo bastante dificultosa su lectura, puesto que todavía no había completado mi estudio del idioma, con la ayuda de un diccionario logré terminar de leerlo. Y no me fue muy difícil advertir muchos puntos de similitud entre la vida de la protagonista y la de mi madre. Lo que hasta el día de hoy me pregunto es si, como Ana Karenina, tuvo mi madre alguna relación extra conyugal, aunque no creo que eso sea algo que deba preocuparme, más aun teniendo en cuenta que han pasado veintiún años de aquel accidente ocurrido en 1983, por el cual un 11 de setiembre me vi privado de mis padres. El viernes 9 de setiembre de ese año cumplía mi madre 55 años de edad, y pese a que por ese entonces las relaciones entre mis padres no pasaban por el mejor momento, decidieron festejar por partida doble, puesto que al día siguiente cumplían veintiún años de casados. Un matrimonio como supongo son la grandísima mayoría, con altos y bajos; aunque al parecer, en esos tiempos, todo parecía indicar que las cosas no iban bien entre ellos. Muy temprano en la mañana de ese viernes mi madre me despertó para decirme que a primeras horas de la tarde emprendería junto a mi padre un viaje de fin de semana hacia la ciudad de Porto Alegre, en donde festejarían su aniversario de bodas hospedándose en el mismo hotel que los alojara en su luna de miel en el año 1962. Si bien hacía un par de semanas que habían programado ese viaje, no fue sino hacia la noche anterior que habían resuelto llevarlo a cabo. Apenas hubo abandonado mi habitación salté de la cama para ir en busca de los obsequios que le había comprado. El primero era un disco de vinilo con composiciones de Mozart interpretadas por una filarmónica alemana cuyo nombre no recuerdo; en la cara A contenía entre otras la pieza “Night's aria” - la preferida de mi madre -. El segundo era una peculiar edición rusa del año 1928 del libro “Ana Karénina” de Tolstói, encuadernada en piel de Marta Cibelina, animal que me aseguró el librero, era muy apreciado por los peleteros. El último era una tosca pero bellísima reproducción de la Torre de Pisa, lugar al cual Mamá hace años planificaba viajar, aunque por motivos de trabajo siempre terminaba postergando. Dejé los presentes sobre su cama y luego de desayunar salí de casa, para encaminarme hacia la Facultad de Bellas Artes, lugar en el cual tomaba un curso de fotografía. Sobre el mediodía regresé presuroso deseando saber que le habían parecido los obsequios. Para mi desconcierto fui avisado por Mercedes - la señora que se encargaba de las tareas domésticas - que mis padres ya se habían marchado debido a un cambio en el horario de vuelo, pero que mi madre me había dejado una nota. - Leo: Muchas gracias por los obsequios. Son hermosos. Me llevo conmigo la torre. He hablado con tu padre y hemos acordado viajar a Italia a principios del siguiente año. Así que por favor no hagas planes para enero. El disco lo he dejado ahí. Como comprenderás no me será muy fácil conseguir un tocadiscos donde poder escucharlo con la tranquilidad que desearía. El libro es muy bonito, aunque como obviamente no entiendo una palabra de ruso, la única forma en que se me ocurre podría disfrutarlo es que alguien lo lea para mí. Quien sabe. Tal vez un día puedas aprender el idioma y quieras leérmelo. Un beso. Mamá. Cuando leí su nota no imaginaba que ya no les volvería a ver con vida. A escasos minutos de las cinco de la tarde del domingo 11, la avioneta de alquiler en la que regresaban desde Porto Alegre, se precipitó a tierra casi sobre las vías del tren, a poco menos de cinco kilómetros del pueblito Ramón Saravia, enclavado casi en el límite de los departamentos de Cerro Largo y Treinta y Tres. La exacta ubicación en donde se encontraron los restos de la avioneta fue en la conjunción de los 55 grados de longitud oeste y los 33 grados de latitud sur; la única persona que fue testigo de la caída del aparato fue doña Clara Olimar de Gutiérrez, una anciana que 55 años atrás había sido la partera en un alumbramiento que se produjo en el pueblo Ramón Saravia, en aquel entonces apenas un paraje. El bebé recién nacido fue inscripto algunos días después con el nombre de Ana Karina Saravia, mi madre. Así que al final mi padre tenía razón. Un montón de estúpidos números leídos en forma de edades, fechas, horas y grados, coincidieron en la fatalidad de un accidente. Desde el pequeño balcón de mi apartamento en el quinto piso de un edificio ubicado a poco más de trescientos metros de la ribera izquierda del río Arno, se podían divisar perfectamente el mármol rojizo de la Catedral gótica de Santa María dei Fiori y el Baptisterio de San Giovanni. Era por ese entonces la ciudad de Florencia la que más asiduamente frecuentaba, y en la cual actualmente resido. Existe en Florencia todo lo que puede pedir un aficionado del arte. Obras de Rafael y Tintoretto en el Palazzo Pitti; el David en la Academia de Bellas Artes; la iglesia de la Santa Croce, donde reposan los restos de Miguel Ángel; la galería dedicada a pintores italianos, flamencos y franceses en el Palazzo degli Uffizi, y las estatuas de bronce de la Piazza della Signoria, entre las cuales destacan “Perseo” de Benvenuto y “El rapto de las Sabinas” de Juan de Bolonia; aunque la principal causa por la que elegí la ciudad de Florencia, fue su cercanía con Pisa. Apenas aterrizaba mi avión en el aeropuerto Florencia – Peretola, cogía un taxímetro; siempre pedía al chofer de turno que hiciera el mismo trayecto: recorría por la ruta A 11 los cuatro kilómetros que separan al aeropuerto del cruce con la A 1, luego por esta tomaba a la izquierda y nos trasladábamos unos ocho kilómetros hasta llegar a la ruta SS 67, por la cual luego de unos setenta kilómetros llegaba a la ciudad de Pisa, que allá por mediados de mil novecientos ochenta y cuatro - en ocasión de mi primera visita - no tenía más de ochenta mil habitantes. El único motivo de mis constantes visitas a Pisa, era concurrir a la Piazza del Duomo en donde se erige la famosa torre que tanto ansiaba visitar mi madre. Solía pasarme allí tardes enteras contemplando “el Campanile” de cincuenta y cinco metros de altura y dieciséis de diámetro. ¡Qué curioso! Otra vez acudían a mi memoria las palabras de mi padre cuando decía que todos los hechos de nuestra vida estaban signados por los números; los metros de altitud de la torre coincidían con la edad que tenía mi madre en el momento de su muerte. En mi recuerdo, hasta su esbelta figura de piel blanquecina se asemejaba un poco a la torre inclinada. Inclinada. Demasiada inclinación para mi gusto. Una inclinación que hasta parecía sugerir que en cualquier momento se iría a tierra; de la misma manera en que veinte años atrás, un once de setiembre, se fue a tierra el avión en que viajaba. En determinado momento comencé a odiar aquella torre. De la misma forma en que mi odio crecía aumentaba la frecuencia de mis viajes a la ciudad. Por las noches despertaba bañado en sudor, víctima de atroces pesadillas. En unas veía el cadáver de mi madre sosteniendo en su mano izquierda la réplica que de la torre que le había regalado. En otras era un horrorizado e impotente espectador del súbito derrumbe de la torre, en cuya cúspide veía, aferrada a la baranda, a mi madre. Todo eso comenzó a trastornarme severamente. Hice a un lado mi hábito de frecuentar galerías y museos. Renté un cuarto en un hotel de la ciudad, y todos los días de la semana me dirigía hacia la Piazza del Duomo. Mi antigua obsesión de corregir la inclinación de los cuadros mutó severamente. Ahora se trataba de corregir la inclinación de la torre. Me devanaba los sesos buscando la manera de evitar lo inevitable: que la torre se fuera al suelo. Investigué en las bibliotecas acerca de la construcción de la torre; consulté varios libros de restauración de obras de arte; incluso llegué a adquirir herramientas y materiales de construcción con el firme propósito de evitar lo inminente: el derrumbe de la torre. Eso es todo lo que ahora recuerdo de esos tiempos… Hace un par de meses comencé a pintar las paredes de mi habitación, con lo cual pude así descubrir que ninguna sensación es comparable a esa. Pintar produce en mí un sentimiento de libertad que lamento decir hace muchos años no sentía. El tiempo pareciera detenerse por unos instantes, es como si se transformara en una imagen congelada, una fotografía que retrata el instante eterno. Esa eternidad en la cual confluyen pasado, presente y futuro. Sin esa noción de tiempo, sin ese dejo de opresión con que el lento pasar de las horas atormenta mi alma, me siento libre. La paleta me ofrece una amplia variedad de colores destinados a pintar mi libertad, y mi mano no da un instante de descanso al pincel, que viborea, gira, se arrastra, salta de una pared a otra, inquieto, como presintiendo el goce que producirá en mí, el resultado final de sus desplazamientos. A mi izquierda he pintado la inmensidad de un mar casi confundido con el cielo azul, el sol brillando a pleno, calentando la arena de la playa que espera la refrescante visita de las olas. A mi derecha una extensa llanura poblada de árboles, arbustos y flores de todos los colores, cercada al fondo por una cadena de montañas coronada de grises nubes que la envuelven. A mi frente, un largo sendero serpentea hasta perderse entre las rocas de un paraje desolado, que se va transformando hasta convertirse en un desierto. Al voltear la cabeza veo la más real y cruel de las pinturas. Incrustados a la pared, los barrotes de la celda son el fiel recuerdo de que aún me restan tres años de condena para salir de prisión.-
El Fino Caballero y la Joven Prostituta
Un Fino Caballero de la Cámara de Legisladores y una Joven Prostituta del Más Bajo Fondo se encontraron frente a frente en medio de un puente peatonal que solo admitía el paso de una persona a la vez, y bajo el cual corría un arroyo lleno de desechos tóxicos. Luego del fugaz cruce de miradas la Prostituta lucía en su rostro una sonrisa y el Fino Caballero sonrojadas las mejillas. Tomaron entonces la decisión de pasar ambos al mismo tiempo y de costado. Después del breve roce de los cuerpos la Prostituta se alzó con los más bajos y perversos instintos del Fino Caballero, mientras que este cargaba con el producto de las actividades de la Prostituta. Se pudo constatar también el faltante de la tabla en la que a continuación debía pisar la joven.-
El mal genio de Dionisio
Una fresca tarde de septiembre compré una botella de vino tinto que se encontraba solitaria en un estante del mercado de la esquina. Por la gruesa capa de polvo que la recubría supuse que habían pasado varios años desde que fuera envasada, pero al ver que decía Tannat cosecha 2009, con gran perspicacia deduje que allí eran poco afectos a la limpieza. Al llegar a casa tomé una copa y me dispuse a descorchar la botella del preciado líquido, dispuesto, en primer término, a paladear esa marca que aun no conocía, y posteriormente, a comprobar si había mucha borra en el fondo del envase. Apenas destaparla me invadió su aroma penetrante, aunque no conseguí distinguir los "aromas a frutos rojos y negros muy maduros, especias, chocolate amargo que se acentúan cuando se estaciona por algún tiempo" que describía la coqueta etiqueta plateada. Lo que sí pude notar fue un extraño y ligero vaho que salió de la botella, que luego se transformó en una densa humareda para posteriormente tomar una forma humanoide que resultó ser un Genio con claros signos de estar completamente borracho. A continuación me alentó a elegir tres favores que me concedería gustosamente, a condición de que bebiera solamente un copa de vino. Totalmente irritado, y a la velocidad del rayo, vacié en el fregadero el contenido íntegro de la botella, consiguiendo así la inmediata desaparición del insolente y malvado Genio. Presuroso volví al súper y compré la botella del Tannat de siempre, el cual comprobé, esa vez contenía poco borra en el fondo.-
El nacimiento de un melómano
No es la música tan sólo un pasatiempo, una pared sonora que llena un vacío, o un momentáneo escape del mundo real y todos los problemas que lo acompañan. En realidad es eso y mucho más. Es para mí, el arte supremo, ese que, a través de la inspiración y destreza del ejecutante, y la imaginación y sensibilidad del escucha, contiene a todas las demás artes. La música puede combinar, al ser creada, ejecutada o escuchada, experiencias de origen emocional, intelectual y estético, y su concepción es casi tan antigua como la humanidad misma. Me es imposible explicar en forma precisa las causas por las cuales me considero un auténtico melómano. Pienso que pueda ser algo con lo que se nace, o bien algo que se adquiere con el paso del tiempo. Tal vez pudiera deberse al hecho no poco probable de que en alguna tarde de junio o julio del año 1971, y encontrándome aun en el vientre materno, en el transcurso del sexto o séptimo mes de gestación, hubieran llegado a mis oídos las notas de alguna melodía que, acompañadas por una fuerte emoción experimentada por mi madre, derivaran luego en mi apego hacia la música, aunque reconozco que todo esto pueda ser tan sólo una débil conjetura sin mayor asidero. Tal vez, para intentar comprender las causas por las cuales el tiempo me convirtió en un melómano -ese mismo tiempo que es único requisito para que, a través de la combinación de determinados sonidos, se llegue a esa mágica creación que es la música- debería mencionar que uno de los primeros recuerdos que guardo de mi primera infancia, tiene relación con tan sublime arte. Es probable que tuviera cuatro, quizá cinco años de edad. Por ese entonces vivíamos mis padres y yo en un apartamento en un primer piso de la calle Ituzaingó, en una de sus esquinas con Dr. Maciel. Una noche había en casa una reunión familiar en la cual estaba, entre otros familiares, María Salomé, mi abuela paterna. En algún momento de la noche mi madre me llevó a la cama con la intención de hacerme dormir, pues era muy tarde, mientras en la radio, que siempre estaba encendida, una voz decía unas palabras y a continuación sonaba una canción. Ese recuerdo quedó grabado en mi memoria. Años más tarde supe que esa voz pertenecía a un locutor llamado Luis Osvaldo, quién todas las noches, a las once en punto, emitía una canción en homenaje a un grupo musical, a la que precedía con la siguiente introducción: “… las geniales creaciones de los cuatro de Liverpool. John, George, Paul y Ringo… ¡Los Beatles!”.-
El precio de la Justicia
Hacía tiempo que venía esperando con ansiedad la resolución de un caso cuyo desenlace se había demorado mucho más de lo que había pensado en un principio. Siempre fui un ciudadano respetuoso de la Ley, pero una mañana, harto de esa situación, decidí hacer justicia por mano propia. Fue así que, comprando jurados y jueces, se hizo justicia.-
El secreto de la Diosa
Los antiguos sabían que la sabiduría era femenina. La mujeres estudiaban las fases de la luna, la sucesión de las estaciones, el cultivo de la tierra y el poder curativo de las plantas, y en la antigua mesopotamia inventaron la escritura. El tiempo y la ambición de poder de los hombres terminaron inventando a un Dios masculino que surgió de la observación del sol... ¿Cuál es el gran secreto? le pregunté cuando se apareció ante mí. Ella me respondió - El secreto es estar aquí y ahora, conscientes, con los sentidos despiertos, descalzos sobre la tierra húmeda, contemplando la puesta del sol en el horizonte, escuchando el soplido del viento que trae consigo aroma de jazmines, bebiendo el mágico elixir de la vid/a. Es no pensar en nada y al mismo tiempo, pensar en todo. Aquí y ahora. Sin nostalgias de un pasado que hoy no existe, sin incertidumbre de un futuro que nunca llegará, porque lo único que verdaderamente importa, es el momento presente. Ese es el secreto.-
El sueño del Minotauro (Una re-relectura de La casa de Asterión)
El Minotauro sueña con laberintos perfumados. Multicolores laberintos de arbustos que estallan en miles de flores y frutos. Laberintos surcados por arroyos cristalinos en donde habitan las más increíbles criaturas, de los más diversos tamaños, formas y colores. El Minotauro sueña que el viento va y viene, jugueteando entre las ramas de los árboles, que el sol hace relucir su piel bañada en sudor luego de haber corrido por verdes praderas, que el brillo de la inmensa luna plateada proyecta sombras sobre las paredes de su laberinto, que son a su vez, las paredes del universo. El Minotauro sueña. Sueña que está enamorado. Sueña con el rostro más bello que mortal alguno haya conocido. Sueña que recorre las playas y montañas que forman parte del paisaje de su laberinto, y que a su lado camina la más bella criatura. La más bella que mortal alguno haya conocido. Sí, el Minotauro sueña. Pero una fracción de segundos después de despertar de su sueño alcanza a ver con ojos somnolientos la espada de Teseo que se dirige directamente a su pecho. Aunque luego de eso el sueño se tiñe completamente de rojo, el Minotauro continúa soñando. Sueña que es perfume, que es fruta y flor, que es agua cristalina que corre entre los pedregales. Sueña que es playa y montaña, sol y luna, que es un sueño esa aventura, pero también espada y sangre. Y aunque desearía soñar con su amada, no lo consigue. Ni siquiera logra soñar a Teseo. Porque el Minotauro ya no habita más en el laberinto. Ahora él, es el Laberinto.-
En procura de una gata
Kafka y una cucaracha, Chuag Tzu y una mariposa, Quiroga y una anaconda, Melville y una ballena, Giménez y un burro, Hesse y un lobo, Esopo y la fauna entera... Tengo un perro, pero como no creo que sea suficiente, esta noche saldré en procura de una gata.-
En la espesura de la selva
Difícil me sería recordar con exactitud la primera vez que lo vi o el primer recuerdo que tengo de haberlo visto, aunque presumo que por entonces era yo un niño de no más de seis o siete años de edad. Pudo haber sido en un libro o una revista, o quizá en la televisión, que en aquellos tiempos era en blanco y negro y tenía una programación que comenzaba a las seis de la tarde y finalizaba a medianoche, pero lo cierto es que desde ese momento, surgió mi una gran atracción hacia la figura portentosa del León. Su cuerpo grande y musculoso, sus poderosas extremidades, la tupida melena que cubre su cabeza y el magnetismo de sus ojos, lo hacían, ante los míos, un símbolo de fortaleza, poder y temeridad que me deslumbraba. Con los años esa atracción no decayó. Muy por el contrario. Entre mis juegos preferidos se encontraba la colección de animales de plástico que con el tiempo fui agrandando. Osos negros y polares, cebras, lobos, águilas, caballos y vacas, cocodrilos, tigres, ovejas, hipopótamos, elefantes, rinocerontes, gacelas, antílopes, camellos, y por supuesto, leones. Jugaba a que era estanciero. Con palitos cortados con la precisión de un buen carpintero cercaba el campo, en el cual construía, con trozos de madera y cartón, una casa rodeada de árboles, corrales y un pozo cuyo brocal podía ser una tapa de botella de whisky, trazaba caminos para la circulación de los camiones, tractores, jeeps y camionetas que poseía en mi hacienda. También tenía, como era natural, una casa en la ciudad. La ciudad era la vereda de piedra laja que rodeaba el jardín en el cual estaba ubicada la estancia, y las uniones de cemento que servían de unión a las piedras, eran las calles que a su vez, delimitaban las manzanas de la ciudad. Y como en cualquier jardín que se precie de serlo, además de jazmines, rayitos de sol, rosales y claveles, había también yuyos. Bastaban unas cuantas matas de tupidos yuyos para tener la selva en la que colocar a los animales salvajes. Y el rey de la jungla no era otro que el León. Solía hacerle luchar contra el oso negro, el lobo, el rinoceronte y el tigre, e invariablemente el León siempre salía victorioso de la contienda. Cuando veía “Tarzán” en la tele o en las revistas de historietas, el momento más ansiado era aquel en el cual aparecía en escena el león, aunque ahí descubrí que los había buenos y malos. Algunos años más tarde, con la televisión a colores pude apreciar que el león bueno se diferenciaba del malo por la tonalidad de su pelaje: el del león malo era siempre más oscuro que el del bueno. Inversamente proporcional a mi amor hacia el león, era mi odio hacia el tigre, el cual por cierto, era tan poderoso como el león, cuando no más grande, como lamentablemente descubrí un poco más tarde. Curiosamente siempre los vi como el principal enemigo del león, cuando en realidad, la amenaza más grande del león, es ese animal que juzgaba horrible y despreciable, la hiena. Veía en el tigre a un animal malvado, oscuro, un tanto enigmático, tanto que las propias enciclopedias y libros de zoología poco contaban acerca de él. Ni siquiera me gustaba el negro de sus rayas contrastando con el amarillo del resto del pelaje. Claro que esto último se debía exclusivamente al paralelismo que establecía entre el pelaje del tigre y la camiseta de Peñarol, a la cual, a causa de mi afición por la camiseta tricolor, detestaba. Lo cierto era que en la realidad, león y tigre no tenían contacto entre sí, y lo más cerca que llegaban a estar el uno del otro, era en los zoológicos y circos. Estos últimos eran por cierto una gran atracción para mí, y cada vez que alguno arribaba a la ciudad, pedía desesperadamente a mis padres que me llevaran a una función con la más que obvia intención de ver la presentación del domador, ante la cual debo admitir, más de una vez me descubrí en un oscuro y turbio deseo de ver a uno de los felinos atacar al domador que tanto los hostigaba. Otras veces fantaseaba con la idea de que un león escapaba de su jaula, y ante el gran tumulto causado por la muchedumbre que poblaba las plateas y galerías de la gran carpa, huyendo despavoridos en busca de la salida, pisoteándose unos a otros entre los gritos y alaridos de terror provocados por la visión de la gran fiera que se aproximaba tras escapar a la cálida seguridad que para el público eran los barrotes de su jaula, surgía el salvador, el milagroso guardián de la humanidad de los presentes, y en un acto heroico y no menos suicida, se interponía entre la bestia salvaje y la gente. Me acercaba hacia el león, mirándole directamente a los ojos, sin desviar por un segundo su mirada de la mía, tratando de hacerle comprender que no sólo no le temía, sino que le amaba, que era su amigo, y que nada había que temer, que era preferible seguir aguantando la figura pesadillezca del domador y la crueldad de su látigo, que caer bajo el fuego de alguno de los policías que cumplían funciones de seguridad dentro de la gran carpa, seguro destino que llevaría mi desdichado amigo de no aceptar mi protección, mis caricias y palabras dulces. Así, lograba que el pobre animal volviese a su jaula y luego de pasada la conmoción general, la función se reestablecía, ahora con el agregado de un nuevo centro de atención: el salvador, el valiente niño de nueve años que había arriesgado su vida para salvar la vida de los demás. Nunca hubieran sospechado que lo único realmente importante para mí, era salvar al león, mi viejo amigo de mis primeros años de la infancia. Muchas veces me pregunté si lo mejor no hubiera sido dejar que cayera abatido por las balas en lugar de verlo continuar su vida encerrado entre los barrotes de una reducida jaula, dejar que recuperase su libertad, quizá ya pensando en aquellos tiempoa que morir era algo así como escapar de una prisión, librarse de la opresión que para él significaban el domador y los cuidadores del circo, y para mí por momentos eran mis padres, maestros y cualquier persona mayor que tuviera la costumbre de decirme que era lo mejor para mí, que cosas debía decir y cuales callar. Cuando en cambio, fantaseaba que quien huía era un tigre, mi comportamiento era completamente diferente. Ese hecho ocurría en la calle, no dentro de la carpa del circo. Por las mañana, y mientras el circo permanecía en la ciudad, me escapaba hasta la avenida que corría a dos cuadras de mi casa para ver el desfile de los animales circenses en sus respectivas jaulas. Entonces, en un momento dado un tigre escapada de su jaula causando espanto entre los sorprendidos peatones que solamente atinaban a correr. Mirando sus rostros me deba cuenta que el miedo producido por la fuga del tigre era aun mayor que la producida por la del león. Pero ahí estaba yo, otra vez el salvador, el valiente niño que arriesgaba su vida para salvar la de los demás. Pero otra vez se equivocaban en cuanto a los motivos de mi arriesgada acción. Nada me importaba la vida de las personas que huían despavoridas, salvo la de los niños más pequeños que yo. Lo único que me interesaba era terminar con la vida del malvado tigre. Cuchillo en mano iba a su encuentro, con la mirada desafiante, alerta, preparado ante el inminente ataque del tigre que abriendo sus mortales fauces rugía ferozmente. Y entre saltos y esquivadas, rodaba abrazado a su cuello, clavándole el puñal una y otra vez hasta que caía rendido. Si tenía un mal día y la pelea me era desfavorable, acudía en mi ayuda mi viejo amigo, el león, que escapando también a su jaula, saltaba sobre el desprevenido tigre y terminaba, entre zarpazos y dentelladas, con la vida de mi odiado enemigo. El tiempo siguió pasando, y al crecer, poco a poco fui dejando a un lado mis fantasías de leones y tigres. En plena adolescencia mis fantasías e incluso mis preocupaciones, como las de cualquier otro muchacho de mi edad, eran otras. Y ciertamente eran más importantes e interesantes que la familia de los grandes Félidos. Continué poblando mis mundos - el externo y el interno - con nuevos descubrimientos, hechos, pensamientos, fantasías, deseos, alegrías y tristezas, sin saber bien que sería de mí en el futuro, sin tener claro hacia donde encaminar mis pasos, sin siquiera sospechar que uno apenas puede elegir el rumbo que desea tomar, pero que nunca se sabe si la meta a alcanzar es la que se eligió, eso siempre y cuando se arribe a meta alguna. Siendo ya un joven de más de veinte años, y habiendo abandonado el hogar paterno de la misma manera en que lo hacen los leones jóvenes para procurarse su propia manada, una noche, en ocasión de asistir al cine a ver una película cuyo protagonista era un león, recordé mi antigua afición por el rey de la selva. Claro que, para ese entonces había descubierto unas cuantas cosas acerca de su organización social, la cual, de la misma forma que los hombres, se basa en familias que pueden llegar a ser muy numerosas, y que son dominadas por un macho. Básicamente este se dedica a cuidar de la manada, es un guardián celoso que protege a sus hembras y sus cachorros de cualquier amenaza, principalmente de las temibles hienas, las cuales, a diferencia de los leones, se basan en sociedades matriarcales. Las leonas cuidan de sus cachorros y se dedican a cazar. Cuando la presa, luego de mucho esfuerzo e intentos fallidos, finalmente es atrapada, llega el macho y ahuyentando a las hembras toma la parte principal del botín. ¡Hasta podían llegaban a ser simples carroñeros! Apenas advertían que otro animal, ya fuera una hiena o un guepardo, lograba cazar una presa importante, aparecía el león para arrebatarle la pieza. Pero lo peor de todo, es que pueden llegar al extremo de matar a los cachorros de su propia especie. Cuando el macho dominante es retado por un joven león por la posesión de la manada y es derrotado, este último se encarga de rastrear y asesinar a todos los cachorros jóvenes de la manada, logrando con ello que las hembras entren en período de celo y él asegure su descendencia en la manada. Esas fueron básicamente las razones que me hicieron perder esa admiración que antaño sentía por él. ¡Eso hacía el Rey de la Selva! ¡Cuán engañado estuve durante tanto tiempo! ¡Y cuánto se parecían el León y el Hombre entre si! ¿Era esa la causa por la cual al león se lo consideraba el Rey de la Selva? ¿Lo había denominado así el hombre, el macho de la especia humana, como símbolo de su propio poderío, de su propio dominio dentro de la especie? ¿O era más bien un vano intento de auto convencimiento de una superioridad que en realidad no existe ni existió, pero que le dio resultado durante tantos siglos? Como sea, miraba hacia atrás, hacia mi niñez y mi primera adolescencia y me veía muy lejano de aquello que alguna vez había creído y sentido, me encontraba en las antípodas de aquella admiración, aquella identificación que tenía con la poderosa y atrayente figura del rey de la selva, apartaba cada vez más de mí al león como ejemplo a seguir. Y cuánto más descendía mi atracción hacia la figura del León, más crecía hacia la del Tigre. Este, por el contrario, habita en lo más espeso de la selva, solitario, cazador temido e implacable, dejándose ver en contadas ocasiones. No posee manadas, por lo cual no tiene nada que defender, salvo su territorio de caza. Sólo se aproxima a las hembras en la época de reproducción. Entonces, durante algún tiempo, cazan juntos, se aparean, juegan, beben juntos a la orilla de los ríos y vuelven a aparearse. Después de eso, vuelve a alejarse. Retorna a su vida solitaria, sin más preocupación que la de cazar para sobrevivir. De tanto en tanto, sus ojos, que son como los míos, suelen ser vistos a través de la espesura de la selva.-
El invento de Teodoro de Samos
¿Quién no ha tenido alguna vez problemas para encontrar ese molesto pero necesario objeto que a través del tiempo ha ido reduciendo su tamaño y aumentando su complejidad? Hoy día la tecnología ha llegado a modificar su fisonomía a tal extremo, que en países avanzados ya ni siquiera es utilizado y es más que nada un símbolo, aunque aun se mantiene en uso la acción que con ese molesto pero necesario objeto se realiza; claro está que en los países subdesarrollados todavía existe, siendo tan importante que su extravío complicaría la vida a más de uno. Casi desde los albores de la civilización, tiempo en el cual comenzó el hombre su utilización, debido a la "invención" de la propiedad privada, las llaves han sido de uso común y diario. La primera llave que documenta la historia procede de Nínive, ciudad de la antigua Mesopotamia. En Egipto, hace 4.000 años, eran de madera, y como sucede con casi todo novedoso objeto que hoy se lanza al mercado, su uso era exclusivo de las personas adineradas. A través de Teodoro de Samos, siglo VII A.C., fueron los griegos quienes la perfeccionaron y pusieron a disposición del pueblo. En la época de las Cruzadas y mediante los cinturones de castidad, fue de utilidad para los Caballeros, quienes pudieron pelear sus guerras contra los fieles al Islam con la tranquilidad de que sus esposas no les fueran infieles. Después, con el transcurso del tiempo, nació la profesión de cerrajero. Y es precisamente eso lo que estoy esperando mientras esto escribo. Un cerrajero que me permita entrar a mi casa, ya que perdí las putas llaves.-
Fritjof Capra y las palomas
Hace ya unos meses que un par de palomas rondan el techo de mi casa. Al principio no les presté mayor importancia, más allá del "uh uh, uh uh" (pobre sonido onomatopéyico que se me ocurrió para referirme a...) que en ocasiones se escucha por la boca de la estufa, y el "uh uh, uh uh" que en el silencio casi absoluto de las mañanas de domingo más de una vez me ha despertado. Pero hace un par de semanas atrás, al lanzar una piedra hacia el techo para espantar a la molesta pareja, resultó que salieron ocho palomas volando.
Aljamod"
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Enviado por Redactor el Lunes, 19 julio a las 18:19:56
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Narrativa: El origen del Universo (Explosión de Amor)
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Aljamod escribió "Hace unas semanas, y luego de unos cuantos meses de haberse terminado nuestra relación, ella vino a mi casa una madrugada y, entre otras cosas que dijo, me preguntó a modo de reproche: "¿Qué hiciste vos? ¿Qué hiciste por nuestra relación?"
En el momento respondí muchas cosas con o sin razón. Pero es recién ahora cuando me doy cuenta de que tengo la respuesta apropiada a su pregunta. Al igual que en aquella noche en que oímos el rugido del mar sobre la pequeña viña que está frente a mi casa, me encuentro fumando, bebiendo vino y escuchando música.
Esa madrugada tuve la intención de idear junto a tí una cosmogonía con la cual poder crear nuestro Mundo y llegar juntos al Origen del Universo, ese formidable explosión de energía creadora que tanto se parece al Amor.
De la intención pasé al hecho, pero al cabo de un tiempo me di cuenta de mi fracaso. Y digo "mi fracaso" y no "nuestro fracaso" porque el deseo de crear esa cosmogonía era completamente mío.
Y es también en este momento cuando confirmo que esa necesidad, intención y deseo volverán a repetirse con la próxima mujer que me permita entrar en su vida y que a la vez, quiera entrar en la mía y hacerlas nuestras. Porque es mi difícil meta, llegar al Origen del Universo.-
Aljamod Uruguay, Canelones
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Enviado por Redactor el Lunes, 19 julio a las 18:12:01
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dcf escribió "
Anoche tuve un sueño horrible; por la mañana se me hizo realidad; y ahora, por la tarde, se los cuento: Vi un cabo de grueso hilo, que pendulaba suavemente sobre un fondo gris de cemento, y posada en la cuerda, una mariposa amarilla… que salió volando al temblar la soga, lento, se alejó con su vaivén zigzagueante y más abajo, el cuerpo de un joven meciéndose, mientras la mariposa pasa entre los barrotes a sus espaldas… y se aleja más, cada vez más, de su rostro violáceo, el cuerpo inerte, meado y cagado al espirar, con su último esfuerzo, como todo ahorcado cuando deja de patalear y se mece; la mariposa se pierde finalmente en el cielo azul de afuera, y yo terminé entonces de abrir los ojos, por que entresoñando vi la escena y me incorporé, salté de la cama y comencé a golpear la puerta: -Llavero llavero… ¡enfermería llavero! –y seguí golpeando hasta que todas las celdas comenzaron a golpear con migo y de pronto, un silbido agudo, seguido de un silencio total, pasos, sin prisa, ruido de llaves, y la pesada puerta de hierro que se abre… tarde ya. DCF "
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Enviado por Redactor el Lunes, 19 julio a las 18:01:55
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Visitante escribió "Cuando llegue de vuelta al lugar en el cual había pasado mis anteriores vacaciones una sensación extraña bajo de mi cabeza para revolverme el estomago. Tantos años, tantas sensaciones, tantas palabras y cosas hechas en el mismo lugar al cual he vuelto. Pero no he vuelto con la misma persona... la madre de mi hijo disfrutará este verano de otro lugar junto a mi querido retoño.
Cuando tome la decisión hace ya más de dos años deje por algunos meses que los recuerdos huyeran, les abri las puertas mostrandóles el camino que debían seguir con la esperanza de que no volvieran. Pero ellos... como los perros fieles o los gatos mimados siempre vuelven al lugar al que pertenecen. Ni siquiera me avisaron sino que aparecieron ahí en mi puerta con un rostro cansado de tanto deambular por lugares lejanos, y sin decir palabra me empezaron a hablar de vuelta de cosas ya pasadas y situaciones ya vividas. Más allá de mi rechazo inicial intentando taparme los oídos insulsamente, sus palabras iban dándome una calma que dejo paso a la dulce nostalgia de un romántico enamorado. Eran familiares sus voces, amigables sus frases. Sus voces no habían cambiado a pesar del tiempo transcurrido desde la última vez que las escuche.
Poco a poco las palabras fueron penetrandome como si volvieran a mi deseando que no olvidara quien fui una vez y quien deberé ser en un futuro. Dicen que el pasado es lo que uno es y el trampolín de lo que uno será... Pero como muchos también me dijeron que las vacaciones son un tiempo para disfrutar sin amargarse por lo pasado ni estresarse por el futuro hice un último intento por no escuchar lo que en mi interior ya retumbaba. Intente encender la televisión, prender la computadora, escuchar música, y hasta agarre el libro que tenía que haber terminado hacía un par de semanas. Pero nada.... ellos no querían irse, ostentaban una paciencia que derrotaba hasta el aparato más perfectamente fabricado por el ser humano.
Ya no me quedaban recetas ni fuerza para negarme a ser lo que soy. Entonces los dejé hablar y hablar, me contaban historias de una persona que vivió de acuerdo a lo que creyó, que acertó y erró, que lloró y rió, en definitiva otro ser más de los que tantos hay por ahí. Algo de amargura por no ser más lo que fui tomo control de mi cuerpo tan solo para descubrirme que en esta vida, por cada muerte hay un nacimiento y por cada lágrima hay una sonrisa. Miré a mi alrededor observando otros rostros sonrientes que esperaban de mi lo mejor a pesar de mi apesumbrada apariencia.
Parecían no comprender que un hombre más allá de su agresividad innata también posee un alma que vibra más allá que tan solo sea por cosas que ya pasaron y no volveran a pasar. Era el mismo lugar lo que me afectaba, eran las vacaciones, era yo, era mi hijo ausente,
Por lo menos es una familia en la cual apoyarse, como saber yo lo que es eso?, como sentir algo parecido cuando la mía nunca logro que yo sintiera eso, y ahora la mía propia ya no existe. Eran muchas las cosas que ellos tenían para contar en estas vacaciones y al parecer me habían estado esperando mientras clasificaban las mejores vivencias. Años y años en este lugar viviendo mil y una cosas para ahora estar viviendo lo mismo pero con otras personas, mi hijo no estaba, mis amigos tampoco y yo apenas si podía fruncir la boca en un gesto amargo que deseaba ser sonrisa. Pero que hay como consuelo hoy?, pensar que mi hijo tiene años y años por delante para vivir esto?, contar los días, que solo serán siete?, darme cuenta que como es chico apenas podrá recordar sus primeras vacaciones sin mí a su lado?, o como un mal perdedor pensar que el futuro siempre trae algo mejor?.
Fútiles esperanzas y efímeros consuelos son lo que puedo manejar en estos siete días. La negativa de la madre de mi hijo no fue algo inesperado no… pero vaya que la esperanza es una hebilla de grama que ante el primer viento es quebrada sin miramientos. Tendre que esperar cuatro días más para volver a abrazarlo para que me llene con su energía y su amor incondicional. Si cuatro días para un preso son cuatro soplos, para una golondrina cuatros salidas y cuatro puestas, y para mi tan solo 336 horas. Y eso porque nosotros como buenos humanos medimos el tiempo tanto como medimos nuestras propias manos. Pero puede hacerse algo en este mundo que no traiga consecuencias?, puede una acción o una palabra no traer algo detrás?, ha podido alguien escapar de las subsiguientes cosas que sus propias acciones han provocado?. No hay lugar a donde correr ni cueva en la cual esconderse, tan solo esperar que llegue y como un bañista sorprendido por una enorme ola, tratar de permanecer en pie o al menos si caemos enredados en la espuma dar la menor cantidad de vueltas posible. Qué más que aguantar esperando que las horas pasen?, nada… no puede torcerse la voluntad del otro solo por un capricho propio o un dolor profundo.
Tendre que armarme con la coraza de la paciencia para aguantar los dardos de mi propia consciencia. Por lo menos el mar infinito con su olor, su oído, su voz y su presencia están aquí para acompañarme. La otra persona a mi lado tan solo parece algo adosado al paisaje y sin embargo tan cerca mío que ni siquiera me atrevo a decir una palabra, o esgrimir un gesto. Las horas pasan y ya no podría definir el sentimiento, ver a mi hijo lo antes posible o simplemente seguir escuchando el viento. "
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Enviado por Redactor el Jueves, 10 junio a las 15:05:59
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Marcelo_Nasra escribió " El mejicano
El orgullo es el peor enemigo del hombre. En Cambalache Discepolo decía “... el que no llora no mama y el que no afana es un gil...” y esa frase había quedado grabada en la mente y el corazón de Fernando.
Desde muy chiquito despreció a los que pedían. Probablemente haya sido la imagen que nunca podía olvidar de un padre prepotente y violento que no dudaba en mostrarse mansito en las sucias esquinas de las avenidas para conseguir una infame limosna. Sin duda, la humillación crónica que padecía el padre de Fernando, lo había casi convertido en un animal que necesitaba desesperadamente descargar su frustración sobre los frágiles cuerpos de sus hijos y de su mujer de turno.
Dentro de un bullicioso grupo cinco de seis varones y tres mujeres, Fernando era el tercer hermano mayor. Todos se llamaban entre sí hermanos aunque algunos inclusive ni siquiera tenía en común a ninguno de los progenitores.
Fernando nunca pidió. Eso fue algo que él siempre sostuvo como mérito, a pesar de que la mayor parte de su corta vida la había dedicado más a la delincuencia que al estudio. Tampoco lo había atrapado jamás, porque era muy astuto.
En su infancia había recolectado basura y también los picaportes de bronce de las puertas de las casas, cuando sus dueños estaban durmiendo o ausentes. A veces cruzaba al otro, a Avellaneda; en donde siempre encontraba algo interesante en la cercanía de los grandes supermercados. Y cuando regresaba, se acercaba a la orilla del Riachuelo para entretenerse tirando guijarros a ras de la superficie o para insultar a un viejo cascarrabias que de vez en cuando transitaba con su lenta barcaza. Lo que menos deseaba, era regresar al hacinamiento y la violencia de la paupérrima casilla que oficiaba de hogar.
Cuando cumplió los quince años ya había abandonado su casa. Junto a su noviecita, otra pareja y tres pibes más, había conseguido tomar una casa desocupada, en una calle perdida entre Australia y Alvarado. El lugar se transformó en hogar y centro de operaciones desde donde Fernando comandaba a esa pandilla. Tuvo la conciencia de jamás consumir drogas o tatuarse por lo que en la calle, a la policía se le hacía difícil reconocerlo como sospecho.
Sobre la mesa, había junto a los vasos vacíos, una hoja donde estaba el bosquejo del chalet. Allí se podía apreciar varias flechas y asteriscos que en la parte inferior de dicha hoja cobraban sentido en los nombres y actividades que debería realizar en la noche del día siguiente.
Había bautizado al chalet como La Casa de la Moneda porque su dueño, era un viejo indiscreto, que tenía sus ahorros guardados en su residencia. Dicho capital no lo tenía en billetes sino en monedas de oro, mayoritariamente Libras esterlinas y Krugerrands.
Desgraciadamente, a veces la suerte es esquiva con quienes más la necesitan. En aquella noche en que el dueño del chalet y su esposa había salido a cenar como lo hacía regularmente; el vecino de enfrente notó el movimiento inusual por parte de los jóvenes en los alrededores del chalet. En cuestión de minutos todos los de la cuadra observaron estupefactos cómo los ladrones precoces, desfilaban esposados hacia los patrulleros que los aguardaban. El operativo no concluía entonces porque el cabecilla había conseguido escaparse con parte del botín, forzando las puertas del fondo, que daban a la calle trasera. Lo perseguirían.
Fernando saltó un tapial bajo que vedaba la entrada de un terreno baldío, rengueó entre los matorrales y emergió por la pared de la otra calle, lo que le permitió ganar tiempo. El ruido irregular de su torpe huida y el áureo tintineo del cuantioso botín hizo que los perros de los depósitos de la zona ladraran, alertando a los serenos y guardias de seguridad. La sirena de un patrullero presagió la luz que luego no tardaría en darle alcance sobre la calle Luján. En un último esfuerzo desesperado, tiró los sacos en la calle, para lograr escapar. El auto paró y recogieron las monedas, mientras Fernando avanzaba dificultosamente traspasando el vallado que clausuraba el puente Bosch.
Tres agentes bajaron; un de ellos con itaka y los demás con pistola en mano. Fernando llegó al medio del vetusto puente. Sin aliento, extenuado y sin esperanza contempló las fétidas aguas del Riachuelo que brillaban a la luz de la luna.
Un viejo rumor conocido hizo que Fernando avistara la barcaza que pasaba justo por debajo del puente, el sonido del motor le produjo una alegría inesperada. Miró hacia un costado y vio cómo los oficiales se acercaban sin prisa dando por descontada la captura.
-Viejo... ¿qué hacés acá? –exclamó Fernando.
-Voy para la otra orilla –respondió el anciano barquero se rió.
-¿Vas para Avellaneda?
-No, más allá.
-¿Me llevás?... Te prometo que no me vuelvo a burlar más
-Este es mi trabajo –explicó el viejo-. No hago beneficencia y tu promesa no es suficiente. Si no tenés dinero, no hay viaje.
El ruido de un zapato sobre metálico del puente oxidado, hizo que Fernando notara que ya tenía a la policía encima.
Rápidamente, metió su mano en el bolsillo donde siempre llevaba el arma. Si no podía huir estaba dispuesto a morir como un hombre, como El Pibe Cabeza. Un momento de sufrimiento le ahorraría la oprobiosa existencia tras las rejas de un infame reformatorio. Moriría como había vivido: en libertad.
Quiso la suerte que no encontrara el arma. Había escapado velozmente cuando la policía rodeó el chalet olvidándola sobre uno de los elegantes sillones del living. Sin embargo, un objeto circular yacía en el fondo del bolsillo.
Lo extrajo y lo contempló con sorpresa. Estuvo a punto de arrojárselo con toda la furia de su miserable existencia a los policías que estaban a los pocos metros y agonizar en una última carcajada ante la segura balacera.
-Chau. Me voy –le gritó el anciano, despidiéndose desde la popa.
-Viejo... – le dijo el delincuente llamándole la atención al barquero.
El anciano observó en la mano de Fernando algo reluciente que el joven ladrón exhibía en la oscuridad pero que sus cansados ojos no podían distinguir.
-... un Mejicano de Oro –prosiguió el adolescente.
-Está bien. Subí –respondió el viejo.
-Quieto ahí -gritó un cabo de bigotes-. Manos sobre la nuca. Despacio.
Fernando no obedeció.
-Alto –reiteró con vehemencia mientras empuñando el arma reglamentaria se disponía a apuntarle.
En ese momento, los tres policías corrieron a toda velocidad hacia el centro del oxidado puente. Fue inútil: Fernando ya había saltado. La bruma espesa sobre la superficie del agua, no permitía ver nada en absoluto. No había viento y el agua calma guardaba un silencio sepulcral. Sólo se escuchaba el rumor de un viejo motor de barco que se atenuaba lentamente. Fernando huía exitosamente en la barcaza del anciano Caronte. Marcelo Nasra "
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Enviado por Redactor el Martes, 25 mayo a las 17:50:00
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Visitante escribió "
Juan llega a la oficina y a medida que se acerca a su cubículo, le vienen más y más ganas de vomitar. Se afloja la corbata y abre dos botones de su camisa. Camina con la mirada baja, esquivando piernas. Cada dos segundos escucha “buen día.” Él gruñe un par de veces. Se desploma en su asiento y tira su portafolios bajo el escritorio. Prende la computadora. El aire acondicionado enfrió la humedad en sus axilas y espalda, así que ahora está tiritando. Se apoya en los brazos de su silla y estira el cuello. Mira por encima de una de las tres separaciones de yeso que forman su cubículo y lo que ve, es una larga fila de torsos de camisa y corbata, encorvados frente a monitores. Todos metidos en una caja igual que él. En la pantalla de su computadora, aparece la palabra “Bienvenido” y Juan se pone a llorar. Corre al baño y pasa unos minutos vomitando espuma amarga. Está enjuagándose la boca, cuando sus ojos se posan en la pequeña ventana que hay en el fondo, donde terminan los migitorios. Camina hasta el cuadrado de vidrio y asoma la cara. Se encuentra mirando un terreno baldío, cubierto de escombros, iluminado por el sol. Tira del pasador que debería permitir abrir la ventana, pero no logra moverlo. Un tipo entra al baño y se para frente al espejo. De un bolsillo del saco, saca un peine y lo moja en la canilla. “¿Todo bien?,” pregunta sin mirar a Juan. Este, señalando la ventana, responde: “Lo soldaron.” El tipo, silbando, procede a peinar su pelo todavía más hacia atrás de lo que está. Juan dice: “El pasador de la ventana, digo... Lo soldaron.” El tipo guarda el peine y se acomoda el nudo de la corbata. Se hace una guiñada a él mismo y sale del baño, diciendo: “Nos vemos.” Ahora, Juan está de pie mirando a una mujer detrás de un mostrador que escribe un mensaje de texto en su celular. En este piso, el séptimo, no hay cubículos a la vista. Sólo pasillos llenos de puertas y sillas para esperar. Juan tose un poco. La mujer, sin levantar la vista de su teléfono, dice: “¿Sí?” Juan se presenta y explica que necesita hablar con el director. “Sé que no tengo cita,” dice. “Pero es importante.” La mujer levanta el auricular del teléfono sobre el escritorio y marca tres números. “Señor,” dice. “Tengo un empleado que... Sí... Está bien...” Colgando el auricular, la mujer le dice a Juan que pase. “El Señor lo estaba esperando.” Juan toma aire para decir que no puede ser. No hay forma de que el Sr. Director supiera que él venía. Pero la atención de la mujer volvió a su celular. Juan abre la puerta de la oficina del Director y encuentra que no hay nadie tras el escritorio. Sólo una silla de respaldo alto, de cuero negro. El Director se halla sentado a caballito en el alero de una ventana abierta. Una pierna cuelga del lado de adentro, la otra, del lado de afuera. El hombre, viejo y entrajeado, se sostiene con ambas manos, pero por su expresión, se diría que está durmiendo: Ojos cerrados, labios separados. Sólo tiene que inclinarse un poco hacia su izquierda para caer siete pisos. Más allá de su perfil, Juan puede ver la azotea del edificio de enfrente. Como hablando en sueños, el viejo dice: “Cerrá la puerta.” Juan obedece y se queda ahí, con las manos juntas en la espalda. El otro agrega: “Hace veinte años, yo también tuve un... día de asco.” El Director gira el rostro hacia Juan y apenas abre los ojos. En ellos, Juan no ve color, sólo un poco de brillo, ahogándose en oscuridad. “Y también vine a esta oficina,” dice el viejo. Ahora habla moviendo una mano en el aire. “Vine a renunciar.”
La mano manchada y deforme del viejo, parece seguir el ritmo de una tonada lenta que sólo él puede escuchar. “¿Y sabés qué hicieron?,” pregunta, mostrando una dentadura amarilla y afilada. “Me dijeron que yo era un empleado demasiado valioso para dejarme ir. Siendo que yo era parte integral del crecimiento de la empresa, era justo que mi crecimiento personal no se viera relegado. Así que me ofrecieron un ascenso.” El Director estira el brazo en dirección a su escritorio. “Me dieron esa silla,” dice. “Hace veinte años.” Entonces suelta un largo suspiro y se deja caer hacia fuera. Unos segundos después se oyen, siete pisos más abajo, frenadas de auto, bocinazos y gritos. Sobre todo gritos. Juan cruza la oficina y cierra la ventana. Luego se sienta detrás del escritorio, en la silla del Director. Apoya la espalda en el alto respaldo de cuero y cierra los botones de su camisa que hoy había desprendido. Apreta el nudo de su corbata. Y se ríe. "
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Enviado por Redactor el Miércoles, 19 mayo a las 18:48:06
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Narrativa: Ves esas manchitas rojas
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Visitante escribió "
Ves esas manchitas rojas, por la almohada, por el amoblado barato, aburrido de su pereza inamovible. Esa pintura roja y negra de noche, que sirve como decorado en el catre, en el papel mural, resbalándose, con una nave gotera hacia el piso, para reventarse y continuar esparciéndose ¿La ves…? Soy yo, y esa es mi sangre, la que corre buscando una rendija para escabullirse. Para correr y abrazar cualquier cosa que me socorra. Estoy desnuda, mi nariz esta rota, sucia con la huella del animal mi piel, con las palabras rotas, los senos manchados con tintes negros, y mi entrepierna blasfemada, con la ruptura, de la locura de los movimientos mundanos, terrícolas, diabólicos. Soy muy grande para ellos y su miedo a ser descubiertos. Deciden cortar mis poros, mi sensibilidad, mis articulaciones, mi carne, mis huesos. Hablan de sacarme envuelta en las sabanas, que la habitación numero cinco, esta apartada de los vecinos. Me levantan como a un trapo sucio que lava el baño, de esos que nadie se atreve a tocar, para no impregnarse con el aroma desagradable que se le ha concedido. Pero saben bien, que estuvo tejido a mano, y obro y colaboro para limpiar la boquita de la niña de casa. Ahora soy esto, engrasado, descosido y mal oliente paño. Arriba de los mismos brazos que me golpearon, envuelta en frazadas rojas secas escarlatas, me llevan a mi ultima redención de mi apacible dulce miel. Dejo cabellos, las gotas de mi estirpe, que recorrieron una vez mi vida, algunas o tres pestañas, en el armario mis gritos, en el cajón ¡Por favor… no sigan!, para que un ángel pueda beber de ellos, dar aviso en el cielo, y pueda ser resucitada, como una niña comiendo zanahoria en un pueblo. En el porta maletas me arrojan. En el porta maletas llevan mis botas negras. Doy botes, soy una cosa, y extraño ser una moza, extraño la risa de esa chiquilla jugando con una muñeca de trapos y con las manitas rotas de porcelana. Las tardes amarillo rey, y el solarium en recuerdo de una naranja melosamente mordisqueada por el cielo, despidiéndose. Extraño a Alicia. Mujer única a quien amo. Exhausta en vez de despiadada. Leve, en contra de esas pieles pesadas. Ojos para naufragar, al contrario de aquellos que usan la pupila para varar. Mi amor, dónde te estas ahora. Convéncete que te necesito, que la noche, los monstruos, los cuchillos y las malas hadas, no te detengan en tu campaña apasionada. Que ese bitácora de cuarto sucio, ensangrentado, plasta de mi sudor y mi acuarela desparramada, no te vengue el corazón de un mundo marchito. Yo estoy aquí, de lado tuyo, acariciándote el pelo, besándote, yendo y volviendo, del lado donde tú vayas, mi amor. Ahora con una sierra barata, abren lo que ahora es mi relleno. Destripan lo que fueron mis juegos, las fotos donde salía riendo, tomadas de la mano, tomados de la mano. Echaron a fuego mis piernas, donde tanto caminaba para entregaros a la pobre danielita el desayuno, más una paleta a su niña. Hacen tira mis senos, esos que tanto rebotaron, por estar apresurado por comprar los remedios, para ir a buscar al viejo, al trabajador, que doña anita no podía. Y es porque amo tanto, porque te amo tanto a ti, ahora la vida trata de equilibrar. Esa extraña presencia, con una navaja descuartizaron, mi sonrisa, cada mañana que daba té con miel ha puesto de quien tocaba mi puerta. Una rodilla encuadernada mis botas largas, un dedo – con el que tocaba tu cuello-, esa boca, mis bolsas interiores que guardaban los rencores, los amores, los afanes. Los huesos, la piel que acariciábamos mudas, la cara, que habías visto reír. Humedecerte, hasta dejarte suspendido en amor, como un fantasma que soy ahora. Enterrada, en un par de botas abultadas, llorando las lagrimas, de la vertiente bermellón de mi memoria apagada.
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Enviado por Redactor el Martes, 11 mayo a las 06:22:45
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